// Publicado originalmente en El Día de Salamanca el 22 de julio de 2017 //

De todos es conocida la crisis por la que pasan los periódicos en papel, aunque algunas empresas, como la que me llamó para escribir esta columna en su día, estén echándole ganas e imaginación al asunto con fórmulas tan novedosas como la de este mismo producto que es El Día de Salamanca. Muchos creen que la solución pasa por cambiarlos, por transformar su contenido y adaptarlo más al gusto de los públicos. Otros, que hay que acabar con el diseño de periódicos centrado en el usuario, y otros más, entre los que se encuentran alguno que otro consultor digital, opinan que el papel morirá definitivamente… bueno, no lo piensan de verdad.

Cuando yo era estudiante descubrí el fantástico mundo de los diarios a través del diseño. Asistí entre preocupado, atónito y entusiasmado a los debates internos que se producían en las redacciones de los periódicos acerca de la introducción del color en sus páginas. De aquellas, preocupaba muchísimo que el color pudiera ser un elemento de amarillismo periodístico, frente a la ‘veracidad’ del blanco y negro. Lo cierto es que los periódicos en España no tuvieron color casi hasta los noventa o la primera década de los dos mil porque, sencillamente, o no existían rotativas que permitieran producir tantas páginas en tan poco tiempo, o bien porque resultaba demasiado caro y sólo se hacía cuando la publicidad pagaba ese pliego. Pero hubo debates encarnizados acerca de si los periódicos debían o no usar fotos en color, e incluso algunos apostaron por una fórmula salomónica, que no dejó de ser una fórmula para salir del paso, que consistía en que se publicarían en color sólo cuando el color aportara algo desde el punto de vista informativo. Lo cierto es que hoy nos entra la risa sólo de pensarlo y cuando se lo explico a mis alumnos empiezan a mirarme con cara de ‘ya está el abuelo cebolleta contando batallitas’. Hoy, como todos podemos observar, los periódicos son en color y nadie se cuestiona este asunto. Pero quedémonos con que un imperativo tecnológico se acabó convirtiendo en dogma periodístico.

En mi carrera en ese sector, siempre me he encontrado con frases del estilo a ‘lo importante son los contenidos, no el diseño’ y cosas por el estilo. Pero siempre acompañados de un temor absolutamente infundado acerca de cualquier cambio que se planteaba sobre detalles que pasan inadvertidos para la mayoría de los lectores como la tipografía. Ese temor se parecía al que debían experimentar los hombres de la Edad Media cuando veían caer un rayo o cuando no querían pasar por debajo de una escalera porque daba mala suerte. Se llama superstición. Y la historia nos ha ayudado a entender que muchos de los fenómenos que antes eran inexplicables, hoy los pueden resolver la ciencia y el conocimiento. Vamos, que saber si un cambio de color, de tipo de letra o, vamos un poco más allá, de estructura del periódico iba a ser comprendido y aprobado por los lectores no era cosa ni de magia ni de conocimiento innato de los periodistas sobre sus lectores, sino cuestión de hacer algún que otro estudio que nos devolviera claves acerca de cómo iba a ser recibido por lo que, en definitiva, son sus clientes: los lectores.

Pues bien, hace poco me encontré con que ahora debemos hacer periódicos ‘contra los lectores’. Es decir, que nosotros, periodistas, amantes y conocedores de la verdad, debemos defender a los lectores de ellos mismos, pobrecitos, menores de edad, para conseguir hacer buenos periódicos que funcionen, además, en el quiosco. Todo para el pueblo, pero sin el pueblo, decían los déspotas ilustrados. Tengo la sensación de que esos mismos pensadores tenían en muy alta estima a los periódicos ‘de antes’, como si todo fueran sesudas informaciones y reportajes con miga social. Como si un periódico no fuera un producto periodístico que, como pasaba ya en la radio y la televisión, incluyera formatos también de entretenimiento. Cuando escucho estos argumentos, tengo la sensación de escuchar al mismísimo Jorge Manrique recordándonos que cualquier tiempo pasado fue mejor.

La llegada de internet ha supuesto que muchos diarios hayan sufrido el golpe de realidad de saber qué informaciones son las que tienen más audiencia y cuáles menos. Pero eso es algo con lo que lleva conviviendo con muchísima dignidad la radio y (no tanto) la televisión. Aprendamos de ellas y seamos capaces de diseñar productos periodísticos que, usen el canal que usen, escuchen las necesidades y preferencias de sus públicos y las apliquen en su día a día para hacer un producto y una sociedad mejores.

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