// Publicado originalmente en El Día de Salamanca el 4 de febrero de 2017 //

Desde hace tiempo se oye hablar de esta nueva tribu, o más bien generación (larga, si nos atenemos a los 15 años de Ortega), que nació con internet o, como mínimo, con un ordenador bien cerca, en su casa. Gente que siempre ha tenido gadgets tecnológicos a su lado, bien sean videoconsolas, ordenadores, tabletas o teléfonos. Se supone que ellos, los nativos digitales, los ungidos, tienen más facilidad para aprender cualquier sistema de interfaz digital, mientras el resto de los mortales, torpes ellos, necesitan de una formación ardua para conseguir llegar a adquirir sus destrezas.

Pues bien, tengo un amigo que asegura que los nativos digitales no existen. O más bien, que el concepto como tal, es una sandez. Y yo, en parte, comparto su idea, porque he visto a nativos digitales que no sabían (ni saben) guardar un archivo en una carpeta concreta del ordenador, aunque se manejen en el videojuego de turno a las mil maravillas.

Pero es verdad que ellos, a diferencia de nosotros, han tenido acceso a determinadas tecnologías que nosotros hemos tardado en ver. Esto lleva pasando desde que el mundo es mundo y desde que el hombre desarrolla tecnología para facilitarse el día a día. En su momento habrán existido, supongo, nativos del uso del fuego, de la silla de montar o del arado romano. Yo, por ejemplo, sería nativo de todo lo anterior y, además, nativo del transporte de motor, nativo telefónico y nativo del televisor. Aún recuerdo a un profesor de la carrera alucinar al ver en la tele cómo se enlazaban por satélite competiciones deportivas a lo largo y ancho del mundo. Le parecía increíble ese reto al tiempo y al espacio. Y a nosotros, los alumnos, nos parecía la cosa más normal del mundo. Nosotros éramos nativos de las comunicaciones vía satélite y él no. Vamos, que siempre ha habido nativos de algo, pero, ojo, eso no quiere decir que quien disfruta de una tecnología en un momento dado sepa usarla o controlarla.

El caso es que el asunto de los nativos digitales se suele poner sobre la mesa con demasiada frecuencia y alegría sin pararse a pensar un poco en de qué perfil de personas estamos hablando y qué repercusiones tiene esto en lo que decimos o en las decisiones que tomamos. Es un poco ‘café para todos’, mientras que yo creo que la cosa tiene mayor enjundia. Por eso creo que el término, entendido como un grupo de edad, no es relevante. Quizá sí lo sea desde un punto de vista cultural, pero no sociológico. Especialmente porque en ese maremágnum de los nativos digitales podemos encontrarnos con personas de muy diversas competencias digitales. Y porque el problema está en una nueva brecha digital que se abre tanto entre los pies de los nativos digitales, como entre los de los que nacimos algunos años antes. Una brecha digital que amenaza con generar una nueva élite competente en tecnologías digitales frente a personas incapaces de usarlas. Es verdad que en esto, normalmente, la edad no juega a tu favor, por lo que las personas mayores lo suelen tener más difícil. Pero también es verdad que he conocido a personas jóvenes enfrentarse a dificultades para desenvolverse en determinados sistemas de interacción, poner la misma cara que vi en mis mayores cuando se enfrentaron a programar una grabación en un vídeo de los de cinta de los años noventa. También la he visto llorar a gente de mi edad cuando le han cambiado el sistema informático de gestión que se usa en su empresa.

Siempre que ha habido tecnología de por medio ha habido brecha entre quienes tenían acceso a ella y quienes no. Pero es probable que ahora, al menos en nuestro entorno, el problema no sea tanto el acceso, como la capacidad para poder usar la tecnología en beneficio propio. A veces por falta de formación; otras, por una actitud de rechazo o simplemente por miedo, por bloqueo mental; pero muchas veces, porque la tecnología a la que nos estamos enfrentando es demasiado compleja para el servicio que queremos que nos preste. Y la cuenta no nos sale rentable.

Uno de los gurús de la usabilidad, Norman, tiene un libro que se titula No me hagas pensar. Se refiere a diseñar sistemas que permitan al usuario manejar la tecnología sin tener que devanarse los sesos acerca de cómo funciona. Los diseñadores de interacción tienen mucho trabajo por delante para conseguirlo. Y las empresas un gran reto si no quieren perder clientes (que se lo digan a los bancos) Quizá entre la profesionalidad de unos y el interés de las otras, consigamos reducir esta brecha. El problema quedará en la administración pública, a la que siempre le cuesta un poco más.

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