// Publicado originalmente en El Día de Salamanca el 13 de noviembre de 2016 //

Uno ya no sabe de qué fiarse. Ni de quién. Hace unos meses, Whatsapp, la empresa comprada por Facebook hace un par de años y a la que todos confiamos nuestros mensajes personales, incluso íntimos, nos salió con que quería compartir sus datos (es decir, tus datos) con su compradora. Vamos, que iban a actuar como si Facebook y Whatsapp fueran una sola. Un poco a lo ‘donde dije digo, digo Diego’, porque habían prometido lo contrario. De aquellas, sin calibrar muy bien qué tipo de consecuencias tendría para cada uno de nosotros, nos hizo arquear una ceja una vez más y pensar que no son de fiar. Así que como no es la primera vez que Zuckerberg, el propietario de ambas, nos la intenta jugar o nos la juega, me he puesto a pensar alternativas para salir de Whatsapp.

Sí, porque en Facebook me doy por fastidiado. Pero es que Facebook es otra cosa. A Facebook no le entrego las mieles de mi vida privada: mensajes cotidianos o cuestiones más personales. Porque Facebook es social, y yo, cuando publico algo allí, sé a lo que juego (o eso creo). Mi objetivo es que lo que publico se vea por cuanta más gente mejor. Excepto en contadas ocasiones, en las que decido de forma voluntaria que algo no sea público, sino compartido con mis contactos, aunque estos sean ya muchos. Alguno pensará que no existe ninguna diferencia entre compartir algo con tus tres mil contactos y compartirlo de forma pública, pero yo creo que sí. Que cuando publico algo sólo con mi red de contactos estoy demostrando, de algún modo, que mi voluntad es hablar con esa comunidad y no con todos.

Pero ojo con Zuckerberg, que si fuera por él, y está trabajando en ello, viviríamos dentro de Facebook, sin salir. En un ecosistema privado al que accedes y en el que no necesitas para nada salir de él. Vamos, ni para tomar un café. En su mejor sueño, le pasaría lo mismo que al bot de Monobo atrapado en una página de Youtube. Se trata de un experimento genial: un ratón de ordenador con un motorcillo y un dedo de plástico con un percutor que va haciendo clic a diestro y siniestro sin piedad y sin ningún tipo de criterio y al que sueltas en cualquier página web para ver dónde termina. Vamos, el terror de cualquier gurú de la usabilidad o de la experiencia de usuario. Lo gordo es que sus creadores aseguraban que cuando ponían a funcionar el invento en una página de Youtube, el jodío aparato se quedaba atrapado sin salir de allí, mientras que en la ‘web libre’ iba saltando de una a otra página tocando los diferentes enlaces. A lo que voy, que Facebook está construyendo un ecosistema en el que quiere que podamos cotillear (eso ya lo hacemos), influir, pagar por publicidad (si vendemos), comprar (si actuamos como consumidores), divertirnos, informarnos y hasta ver una peli sin tener que salir de ahí. Una especie de San Junípero, ese espacio idílico creado en la última temporada de Black Mirror. Perdón por la cita, que es un poco freak, es que la columna de hoy me está saliendo así.

Pero continuemos al lío, que me voy por las ramas. Así que si no me fío de Facebook para estas cosas, pues no voy a sustituir Whatsapp por su servicio de mensajería, que sería hacer el canelo. Vale, pues me queda Telegram, respiro aliviado… funciona igual, te deja hacer incluso alguna cosa más… ¡solucionado!

Y entonces, en el preciso instante en el que acerco mi dedo al botón de Whatsapp para borrarlo de mi teléfono, me doy cuenta de que, desgraciadamente, no puedo hacerlo. No es un tema sentimental, no… Es que borrar Whatsapp de mi móvil significa aislarme del mundo que me rodea. Y al pensar en borrarlo, me vienen a la cabeza todos los grupos en los que estoy. ¡Los malditos grupos! ¡Que hay un grupo para cada cosa, leñe!, ¡Uno o varios!, ¿Que no?: el grupo de los colegas del trabajo, el grupo de los colegas del trabajo más cercanos; el grupo de los padres del colegio: multiplíquese por cada descendiente, el grupo de las actividades del niño: multiplíquese por cada descendiente y por cada actividad; el grupo de los primos, el grupo de los hermanos y padres; el grupo de los compañeros de carrera, el grupo de los compañeros del colegio… y así hasta donde uno quiera llegar. Y ya van siendo muchos grupitos.

En fin, que me quedo en Whatsapp, ¡porque a ver cómo demonios convenzo a los padres del cole de que se descarguen Telegram! Y a mis primos, y a mis hermanos, y a todo el mundo. Pero Mark, ésta te la guardo… que tú y yo sabemos que cuando lo que nos ofreces es gratis, la mercancía somos nosotros.

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