// Publicado en El Día de Salamanca el 24 de julio de 2016 //

La otra noche no lo pude resistir y la descargué. Y eso que a mí esos dibujos me pillaron ya mayor. Me había encontrado un montón de artículos sobre el tema. Que si uno se había caído por un puente mientras jugaba. Que si en Central Park había aparecido un Vaporeon y todos como locos para allá a ver si le daban caza. Que si un señor se había liado a tiros contra dos cazadores de Pokémon que había en la puerta de su casa. Muchos de los jugadores no parecían precisamente chavalitos, sino miembros de la ‘Generación Y’. Millenials con pelos en la barba, mochila y zapatillas, dejaban en cualquier sitio su coche híbrido y corrían como locos viendo la realidad através de su móvil, como un fotógrafo de guerra, pero en torpón.


Lo mejor, los comentarios. Unos directamente se partían la caja observando las memeces cometidas por algunos congéneres. A otros los veía más indignados: “hasta dónde va a llegar la estupidez humana” o “jugando a sus años… ¿no les dará vergüenza?”. Parece como si la selección natural de Darwin no hubiera hecho bien su trabajo. “Todo el día matando tontos, y los que quedan”, que decía un profesor mío de música cuando era un chavalín.
El caso es que uno, por naturaleza, tiende a pensar que cuando tanta gente hace algo, sea un juego aparente o definitivamente estúpido, sea votar a un partido político, o sea tararear la canción del verano, algún motivo habrá. Lo fácil es la descalificación. Los que votan a tal partido son unos memos, son cortitos de miras, no son tan inteligentes como yo. Los que juegan a Pokémon Go son unos inmaduros. O, mira qué tonta es la gente, cantando ese sonoro estribillo que se mete en la cabeza como un gusano.
Visto el panorama, hay dos cosas que me llaman poderosamente la atención. La primera es la animadversión que tenemos hacia el juego y hacia los que juegan, restringiéndolo exclusivamente a aquellos juegos aceptados socialmente. Y la segunda es otro clásico. Se trata del rechazo inicial a la apropiación de la tecnología.
Vamos por partes. Jugar es una actividad vital en la infancia. Eso es verdad. Pero nadie dice que sea perjudicial para los adultos. Todo lo contrario. Es más, seguro que los que tanto critican a los millenials que corren móvil en ristre no se asombran de ver a su abuelo jugando a la petanca, a la rana, o al dominó. Muchos juegan a algún deporte. A otros les da por cazar. O por tirar al plato. Otros incluso encuentran placer en arriesgar su dinero en alguna apuesta. Todo por diversión. No soy un experto, pero me da que los beneficios de tener una actividad lúdica repercuten directamente en nuestro bienestar. Los angloparlantes le llaman jugar (to play) a tocar cualquier instrumento. Siempre he pensado que es mucho más acertado que nuestro verbo. Así que jugar es cosa de todos y parece muy saludable. Siempre que uno no se convierta en un ludópata o le lleve a realizar alguna estupidez.
En cuanto a la apropiación de la tecnología, es lo de siempre. ¿O ya se nos ha olvidado cómo mirábamos a los primeros usuarios de móviles? ¡Qué voces daban!… aún hay gente así. ¿Y la vergüenza de contestar la primera llamada en el nuestro propio ante la cara de sorpresa de nuestros amigos, justificando nuestra compra con algún concienzudo argumento? La tecnología siempre ha existido. Y al principio choca y hay que aprender a usarla. El arado romano constituyó una revolución tecnológica porque permitía, con menos esfuerzo, cultivar una extensión mucho más grande de terreno. Un pico, una pala o una azada son tecnología. El control sobre el fuego fue posible gracias a la evolución tecnológica.
Y, entonces ¿qué pasa con Pokemon Go? Pues que se juntan las dos cosas: una innovación tecnológica que se produce en un juego. Súmale, además, una conducta masiva que hace (los grandes números es lo que tienen) que un número determinado de personas cometa alguna tontería. Entre tantos que están jugando, algún bobo o despistado tendrá que haber, digo yo. Es la tormenta perfecta.
Piense que el día menos pensado, lo que hoy llamamos realidad aumentada, la clave del juego, será algo normal que usaremos en otras esferas de la vida y probablemente con otros dispositivos: gafas o implantes. Piense en lo útil que puede ser al conducir ofreciéndonos o reforzando información proyectada sobre el parabrisas, lo que puede mejorar nuestra seguridad. O piense en las posibilidades que ofrece en una ciudad como la nuestra, orientando la realidad aumentada al turismo.
Por lo demás… a mí no me gustó, aunque a mi hijo sí. La interacción un poco torpe. Los servidores continuamente caídos y los muñecajos un poco forzados sobre la vista de la cámara. Pero me dejó la cabeza como un bombo. Dentro de unos años, nos reiremos de lo mal hecho que estaba. Pero ya nos habremos apropiado de esa tecnología.

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