// Publicado originalmente en El Día de Salamanca el 4 de septiembre de 2016 //

Cuando en la Universidad se habla de algo relacionado con ‘mercado’ o ‘empresas’, la gente levanta las orejas como lo hace un lobo cuando presiente un peligro. Esta actitud me ha llevado a pensar en más de una ocasión por qué se genera esta reacción y cuánto hay de cierto en ella.

Una de las críticas habituales consiste en argumentar que se está privatizando la universidad. Cuando llegó la reforma de Bolonia, los estudiantes se manifestaron denunciando la progresiva privatización de la universidad y argumentando que la reforma beneficiaba a las universidades privadas. Yo entiendo, como comparación, que la sanidad pública favorece al sector privado cuando cuenta con listas de espera de seis meses para una prueba diagnóstica de la que puede depender tu vida, o tu calidad de vida (una vergüenza). Pero que el ‘plan Bolonia’ sea privatizar la universidad, sigo sin verlo. Y sigo sin ver en qué nos ha beneficiado a una universidad como la mía, privada en tanto que vive de las matrículas de sus alumnos. Más aún, cuando ya llevaba tiempo realizando praxis muy similares a las planteadas, desde el punto de vista pedagógico, en el mencionado plan: grupos pequeños y un foco más práctico.

La reforma, fundamentalmente, pretendía transformar de raíz los métodos pedagógicos y la evaluación y creación de los títulos… pero creo que se quedó por el camino. Es verdad que da un papel a las empresas de cara a su participación en comités de calidad de los títulos o a ser preguntadas antes de su creación (siempre sin ser vinculante). Pero también lo hace con asociaciones y colegios profesionales. A mí, este asunto, me parece razonable: escuchar, que no sentarse al dictado.

Del mismo modo, se valora positivamente el grado de éxito que un título tiene en el mercado laboral para que pueda continuar impartiéndose. En esto, creo que hay carreras que tienen que existir aunque no tengan demanda en el mercado laboral, aunque no sean ‘rentables’ de forma cortoplacista. La universidad debe salvaguardar el conocimiento para que no se pierda y cuenta con una responsabilidad en ese sentido. Pero por supuesto, deben ir implantándose aquellos títulos demandados por la sociedad, aquellos que se advierte que cuentan con una demanda laboral a largo plazo. Mientras, para la demanda más volátil, deberían estar los másteres.

Desgraciadamente, la nueva ley no fue acompañada del suficiente apoyo presupuestario… redujo a cuatro años los estudios de grado y, para remate, llegó la crisis. Eso supuso en las públicas, y especialmente en algunas comunidades autónomas (Madrid, Cataluña han sido las más afectadas), grandes subidas de las tasas de matrícula. Algo que más que favorecer la privatización y a las privadas, fastidió al que no pudo asumirlo y generó (y genera) situaciones sumamente injustas. Sin embargo, la culpa no fue tanto del espíritu de la ley, como de su aplicación.

Pero centrémonos en núcleo del problema: ¿la universidad, debe estar cerca del mercado o debe mantenerse al margen? ¿la universidad debe centrarse en formar a personas que piensen o en formar a profesionales excelentes?¿acaso es excluyente?

No es extraño encontrar a una misma persona que se queje, como profesional, de que a los recién graduados que llegan a su empresa hay que enseñarles todo y que, al mismo tiempo, exija que la universidad sea una incubadora de maduración personal e intelectual, no tan centrada en el aprendizaje de las cuestiones técnicas de cada disciplina. No creo que sea incompatible una cosa y la otra, pero creo que las dos partes (universidad y sociedad-empresa) deben hacer un ejercicio de responsabilidad. Las empresas no pueden esperar que un recién graduado esté listo para trabajar en una empresa determinada. No pueden esperar que la universidad esté a su servicio cuando muchas veces ellas cambian de opinión con demasiada rapidez. Al mismo tiempo, las universidades no debemos enrocarnos y mirarnos al ombligo, evitando escuchar lo que les pasa a los estudiantes cuando terminan y a las empresas cuando los contratan (o no). Debemos estar atentos a los cambios sociales para poder atender a sus necesidades. En ese diálogo, se debe encontrar un punto intermedio en el que la formación universitaria sea capaz de formar a buenos profesionales que, al mismo tiempo, sean buenos ciudadanos, personas que puedan desarrollar todo su potencial en la sociedad para mejorarla.

Y en eso estamos, un año más, a unos días de comenzar un nuevo curso. Con las mismas ganas que el primer día, pero con más energía que nunca (y espero que sabiduría) para intentar formar a buenos profesionales que transformen y mejoren su entorno.

Foto de cabecera: javipolinario. Fuente: pixabay

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