// Publicado originalmente en El Día de Salamanca el 2 de octubre de 2016 //

No nos pasa sólo a los diseñadores, lo sé. Seguro que le pasa a todo el mundo. Pero no puedo remediar pensar en el usuario cuando un cliente me pide un trabajo. Ni yo, ni muchos de mis colegas. Y eso, que lo sepan, es un problema. Me explico: cuando un cliente te pide que hagas el diseño, por ejemplo, de un periódico o de una web, tienes que resolver dos problemas si quieres tener la conciencia tranquila. Uno, es responder a las necesidades que tiene tu cliente directo, vamos, el que te paga. Y otro, resolver los problemas que crees que va a tener el usuario cuando se enfrente al producto que vas a diseñar.

Hasta ahí todo parece sencillo, dirán. Pues se equivocan. Hacer coincidir los dos intereses no siempre lo es. Y a menudo resulta más complicado hacer entender al que te pide el encargo qué es lo que realmente necesita, que hacer el trabajo en sí. Vamos, que está equivocado. Y no siempre es cuestión de opiniones.

Probablemente, de entre todas las tareas que debe realizar un diseñador ésta es la que peor lleva, la de persuadir al cliente sobre lo que es verdaderamente importante cuando se pierde en los detalles, colores o mensajes de texto falso que usas en un prototipo. La otra tarea ingrata, sin lugar a dudas, es llevar la parte administrativa de su estudio. Que se lo pregunten al gran Mariscal, el autor de Cobi, la mascota de los juegos olímpicos de Barcelona ’92, que ha llevado casi a la ruina a su estudio en más de una ocasión. O a otros cuantos, que lo dicen bien claro en el documental El negocio del Diseño publicó no hace mucho bajo el título El negocio del diseño.

No sé muy bien de dónde viene el problema; tampoco en qué consiste la solución. El caso es que no hay diseñador con el que hable que no se queje de que sus clientes no le entienden. Ni cliente con el que hable que no se queje de que los diseñadores no escuchan y de que quieren hacerlo todo a su manera, con el mismo estilo… Da igual que sea el logo para una frutería, que el cartel para anunciar un crucero. Todo con debe ir en Helvetica y en plan minimalista. Naturalmente, estoy exagerando. Pero hay algo de cierto en este asunto: súmale al problema, que cualquiera tiene un primo –ahora está más de moda que sea un cuñado– que maneja Photoshop y ‘sabe de esto’. Ni que decir tiene lo que pasa con las páginas web. Y claro, no es lo mismo hacerte un blog, que solucionar la web de tu empresa… ¡es que son cosas diferentes!… ¿no?

En esto nos falta explicar mejor qué es lo que sabemos hacer y qué es lo que no. Y, por supuesto, qué es lo que hacemos mejor. Un buen diseñador gráfico no tiene por qué ser un buen ilustrador. Un buen ilustrador, no tiene por qué ser un buen maquetador. Un buen maquetador, no tiene por qué saber hacer una aplicación web. Y, por supuesto, y como ya hemos dicho aquí en más de una ocasión, un buen diseñador no tiene por qué saber hacer un buen anuncio. Porque el diseño y la publicidad son cosas distintas, aunque muchas veces trabajen juntos.

Pero vamos a lo que íbamos, que es algo muy serio para un diseñador que tenga un poco de ética y de respeto a sus clientes y a sus usuarios.

Si el diseñador quiere hacer bien su trabajo debe satisfacer al cliente, pero debe ser respetuoso con el usuario, con el cliente, con el ciudadano. ¿Qué significa esto? Muy sencillo. Significa que debe trabajar e intentar influir en su cliente para que los usuarios puedan leer correctamente en el packaging de un alimento cuáles son sus ingredientes, sin ocultar ni minimizar información relevante. Significa que no es honesto que me aparezca un cartelito en Booking diciéndome que este hotel está siendo consultado por otros tantos usuarios en ese preciso momento, incitándome a que me dé prisa en reservar, cuando lo más probable es que, aunque sea cierto, lo esté haciendo para otras fechas diferentes a las mías. Significa que no es de recibo hacer una web para un ayuntamiento u otra institución pública con el único objetivo de dar bombo y platillo al político de turno, sin intentar, al menos, que dedique esos recursos a que esa misma web sirva para ganar en transparencia y en capacidad para resolver problemas a los ciudadanos…

Así que la próxima vez que encargue algo a un diseñador, piense en esto y escuche. Y acuérdese de que para que a usted le vaya bien, lo primero que debe hacer es respetar a sus compradores y a sus vecinos. De otro modo, un día le dejarán de comprar y de votar… Y si no, al tiempo.

 

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